En el año 2000, Brasil pagó aproximadamente 12 millones de dólares por uno de los grandes símbolos de la Marina francesa. Era el Foch, un portaaviones de unos 265 metros que había servido a Francia desde 1963 y que, tras cambiar de bandera, pasó a llamarse NAe São Paulo.

Brasil esperaba convertirlo en el buque insignia de su flota.

Veintitrés años después, terminó a unos 5.000 metros de profundidad en el océano Atlántico. Y no estaba precisamente vacío.

Francia vendió mucho más que 32.000 toneladas de acero

El Foch pertenecía a la clase Clemenceau y podía transportar alrededor de 40 aeronaves. Durante casi cuatro décadas participó en distintas operaciones francesas antes de ser sustituido y transferido a Brasil.

Como numerosos buques construidos durante aquella época, también contenía amianto y otros materiales potencialmente tóxicos utilizados en aislamiento, pinturas y diferentes componentes.

Por eso resulta excesivo decir que Francia escondió deliberadamente una “sorpresa” a Brasil. El verdadero problema apareció años después, cuando hubo que desmontar y gestionar de forma segura un barco gigantesco que todavía conservaba materiales peligrosos.

Las autoridades y organizaciones ambientales discrepaban, además, sobre la cantidad exacta que permanecía a bordo. Las estimaciones oficiales mencionaban alrededor de 9 toneladas de amianto, mientras grupos ambientalistas alertaban también de plomo, mercurio y otros compuestos tóxicos.

Francia vendió a Brasil un portaaviones de 265 metros. 23 años después acabó hundido a 5.000 metros bajo el Atlántico
© Poder Militar – Youtube.

El portaaviones pasó más tiempo reparándose de lo esperado

La segunda vida del São Paulo tampoco salió como Brasil esperaba.

Un grave accidente en 2005 provocado por una tubería de vapor causó varias víctimas y obligó a realizar reparaciones importantes. Posteriormente sufrió nuevos problemas técnicos y otro incendio, mientras los costes necesarios para mantener operativo un buque diseñado en los años cincuenta seguían aumentando.

Brasil llegó a estudiar una modernización profunda, pero finalmente anunció su retirada del servicio en 2017. El portaaviones fue formalmente dado de baja al año siguiente.

La solución parecía lógica: venderlo como chatarra.

Turquía debía desmontarlo, pero cambió de opinión

Una empresa turca adquirió el casco para llevarlo hasta las instalaciones de reciclaje naval de Aliağa.

En agosto de 2022 comenzó a ser remolcado desde Brasil hacia Turquía. Pero mientras cruzaba el Atlántico surgieron dudas sobre el inventario de materiales peligrosos que contenía, especialmente sobre la cantidad de amianto declarada.

Las autoridades turcas retiraron el permiso de importación y el viejo portaaviones tuvo que dar media vuelta antes de completar el viaje.

Entonces comenzó el verdadero problema.

Regresó a Brasil, pero tampoco podía entrar en puerto

El São Paulo volvió a atravesar el Atlántico mientras su casco seguía deteriorándose.

La Marina brasileña explicó posteriormente que el buque estaba haciendo agua y existía riesgo de que terminara hundiéndose de manera incontrolada. Debido a su estado, tampoco recibió autorización para entrar nuevamente en un puerto brasileño.

Durante meses quedó atrapado frente a la costa.

Brasil terminó concluyendo que continuar remolcándolo representaba un peligro mayor y anunció una decisión extrema: hundirlo deliberadamente.

Francia vendió a Brasil un portaaviones de 265 metros. 23 años después acabó hundido a 5.000 metros bajo el Atlántico
© Poder Militar – Youtube.

Brasil lo envió a 5.000 metros de profundidad

El 3 de febrero de 2023, la Marina brasileña realizó lo que describió como un “hundimiento planificado y controlado”.

El São Paulo desapareció aproximadamente 350 kilómetros mar adentro, en aguas bajo jurisdicción brasileña donde el fondo oceánico se encuentra a unos 5.000 metros de profundidad.

La decisión fue duramente criticada.

Greenpeace, fiscales brasileños y otras organizaciones habían intentado frenar la operación por temor a que los materiales tóxicos terminaran contaminando el ecosistema marino. La Marina defendió que un hundimiento controlado en aquella zona era preferible a que el barco se hundiera accidentalmente en otro lugar.

Así terminó una historia que había comenzado como una oportunidad para prolongar la vida de un gigantesco buque militar.

Francia lo utilizó durante 37 años, Brasil intentó mantenerlo operativo durante casi dos décadas y Turquía debía convertirlo finalmente en acero reciclado. Al final, nadie consiguió desmontarlo: 23 años después de su venta, el antiguo Foch terminó entero en el fondo del Atlántico.

 

 

Fuente: Xataka.